Hace unos días un primo me envió esta imagen y no pude evitar pensar que mis hijos no tendrán estas fotografías impresas con señores grandes que se comportaban como niños o se disfrazaban de ellos. Tampoco tendrán presentes a los circos de la misma forma que yo los tengo en mis recuerdos de infancia.
Los circos a los que yo fui de niña; esos sí eran circos. No como los de ahora. No sé porqué ser mamá te hace decir las frases que decía tu madre, pero creyéndolas. Es como ser bautizada en la religión de la maternidad. Y eso incluye tus propios mandamientos, creencias, tributos y sacramentos. Como el dicho: “todo tiempo pasado fue mejor”, aunque lo más probable es que no lo fuera. Y está claro que no fue el caso de los circos: por algo han cambiado tanto y por algo cada vez existen menos.
Mis padres me llevaron a casi todos los circos que llegaban a la ciudad. Al de Capulina —como se puede ver en esta reliquia—, al de Cepillín, al de La Chilindrina, al de Quico y a todos los demás: al chino de Pekín, al circo sobre hielo, al de los delfines de Miami —este circo es cosa aparte, ¿cómo imaginas que dos delfines andaban de gira por México?—, al Hermanos Fuentes Gazca, al Atayde Hermanos, al Tres Hermanos, al B Hermanos. Los dos últimos en realidad son zapaterías, pero yo también me fui con la finta mientras los enlistaba. Bien podrían ser carnicerías.
No es que mis hijos no hayan ido a circos. Sí los he llevado a uno que otro, pero es más nostalgia de mi propia niñez que realmente ellos me pidan que los lleve. Al último al que los llevé era supuestamente un circo chino de Pekín, pero ni eran chinos ni eran de Pekín. Lo único bueno de la función fue que al final salió la botarga de Peppa Pig. Estaba toda apachurrada y escuálida la pobre puerca. Los niños no vieron que la cabeza de Peppa estaba a punto de zafarse, ni que estaba percudida, ni que apenas podía caminar porque era imposible ver a través de tremendo cabezón desproporcionado. Mis hijos y todos los niños salieron felices porque habían visto a Peppa, que por lo visto es amiga de unos chinos que de chinos nomás tienen el cabello y que se ve que están establecidos en México porque bien pueden pasar por paisanos. ¿Por qué no ponerle al circo “El circo de la Lupita, prima de Peppa Pig” o “Peppa Pig y sus amigos, los chinos de Iztapalapa”? Después comprendí que si el circo se llama “Chino de Pekín”, entonces mi generación nostálgica sin duda compra los boletos, pues aunque parezca un sinsentido —porque mis hijos no tienen ni idea de qué ciudad pueden venir los chinos—, funciona y simplemente los compras. Ya no te llueven los boletos del cielo como cuando yo era niña. Pasaba una avioneta del circo aventando entradas desde las alturas y tú los recogías como si fueran billetes recién salidos del banco y, como no eras mamá, sabias que el dicho “del cielo no te va a caer nada” era una total mentira. Esas cosas sí pasaban y sólo tenias que salir corriendo y ponerte abusada, porque incluso si en tu familia sólo había cinco personas, mientras más billetes recogías, más rico eras y si además tus padres te llevaban a palco, entonces no sólo te sentías rico, comprobabas que lo eras. Estar en el palco del circo era lo mismo a estar en el balcón de la reina de Inglaterra, agitando la manita para saludar a la plebe de las gradas. Ahí era casi seguro que te pasarían a la pista a los concursos y los juegos. Con suerte, hasta montarías un elefante.
Me acuerdo que en algunos circos, también tenían una feria. Te subías a los juegos, lo que era doble gastadera para los papás. No podías ir al circo sin comprar cosas inútiles como varitas con brillantina, lucecitas y las fotos que te vendían en esos visores ochenteros de colores con forma de pirámide donde te asomabas y, cual telescopio al pasado, te veías en esa imagen que se quedaba a la mitad entre una foto a color y una foto en sepia.
Sé que aunque yo me empeñe, la infancia de mis hijos tendrá muy poco en común con la mía. Habrá cosas que de tanto cambio, ya no se sentirán igual y muchas otras que ya ni siquiera les toquen, pero también sé que su infancia tendrá muchos recuerdos nuevos que querrán repetir con sus hijos. Los recuerdos de los circos ya no los tendrán tan vivos como los míos; de plano los tendrán borrosos, apachurrados y escuálidos como la botarga de Peppa Pig.


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